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26 Nov, Thursday
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Tendría que escribir demasiado para justificar por qué veo ayer un rato de la entrevista de Pablo Motos a Albert Rivera. Así que pasemos al lamentable espectáculo, a la enésima prueba de la selección negativa para ser político profesional. En la televisión sale el aún, parece, líder espiritual del extremo centro con esa música insoportable y dos peluches cenceños botando en su cara. Nos cuenta lo feliz que es desde que dejó la política, pero enseguida suena al ex que no para de decir lo que disfruta su nueva vida mientras chequea cada hora las redes sociales de su antigua mentira. El personaje induce a poco más que pena en tal empeño.


En cuanto llega la pregunta «¿cómo se pierden más de dos millones de votos en unos meses?, ya volvemos al viejo Albert. Sin tics, cierto, y sin una ristra de recortes de periódicos, adoquines y pergaminos desplegables. Pero se le afila el colmillo de su perenne enfado cuando la culpa que se atribuye, tan solo, consiste en «no haber desenmascarado a Sánchez». Algo muy fácil si dispones de una hemeroteca. De ahí, con la fe del nunca converso, se nos presenta como el verdadero ganador al dimitir tras perder cuarenta y siete escaños. Porque en eso consiste el Albert Rivera de la pandemia: reinventarse como el producto que presenta un libro. El panfleto es lo de menos. Lo nuevo será su estatus de famoso ahora que lo siguiente programado es la casa de Bertín. La mediocridad reconoce a la mediocridad. Se llevarán bien.


Continuó con sus mantras de ciudadano libre, antes liberal solo en lo económico, del negocio de su madre que va tan mal como el del resto de autónomos y su regocijo en regresar al sector privado en una firma de abogados, otra vez muy privados. Leo, ya que no aguanté más sin un fundido a negro, que terminaron la entrevista con unos montajes de su cara o algo así típicamente confuso del pretendido humor esquizoide del Hormiguero. Carcajadas enlatadas de hormigas lilas, música estridente y secundarios que nunca han estado cerca de una media sonrisa. Yo, en cambio, hubiera preferido otro reto del hombre de la bata blanca. Cualquier cosa que implique medírselas. Mismo un reto tan básico como escupir huesos de aceitunas desafiando a su némesis «Sánchez». Y por supuesto que volviese a perder para, inmediatamente, dimitir de su actual trabajo como famoso. Otra vez saldríamos todos ganando. Porque nadie te echaba de menos, Albert.

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