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05 Jul, Tuesday
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La bofetada más viral de la historia de la televisión no es solo es una bochornosa manera de reafirmar la masculinidad del agresor, también representa algo menos evidente: Hollywood corrigiendo la transgresión, poniendo puertas a la broma incómoda, impartiendo justicia ofendidita como el clásico prescriptor de la moral en Twitter: machacando, humillando y cancelando. Por ese orden. Y la sociedad, antorcha en mano, detrás.

El fenómeno Caranchoa adquiere dimensiones globales hoy, 28 de marzo, después de que una superestrella de Hollywood replicara la actitud de aquel vitoreado repartidor de Alicante. Y hoy, como entonces, las redes se dividen entre los que celebran el bofetón y los que cancelan al cancelador.

Evidentemente, que un youtuber te llame Caranchoa con una cámara oculta, no es exactamente lo mismo que Chris Rock haga un chiste sobre el peinado de tu mujer durante la gala de los Oscar. Es más, la reacción de Smith tiene más que ver el linchamiento -brutal y censor- que solemos ver en forma de tweets en las redes.

Pero… ¿Recuerdan aquella mítica gala de los Globos de oro en la que Ricky Gervays bromeaba sobre los escándalos sexuales de Woody Allen, el alcoholismo de Mel Gibson o la carrera de Tim Allen? Era 2010. Casi todo el mundo se divirtió con aquello. De hecho, el cómico británico volvió a hostear la gala al año siguiente. Los interpelados callaban, se reían o contestaban con otra broma similar, como debe de ser. A nadie se le ocurrió levantarse y pegarle un puñetazo; mucho menos, aplaudir semejante descarga de violencia.

Que la sociedad ha cambiado, es algo que certifico cuando entro en una gran plataforma de streaming para volver a ver, 10 años después, la que probablemente sea la mejor serie de comedia de todos los tiempos: ‘It’s Always Sunny in Philadelphia’. Veo que faltan varios capítulos, entre ellos uno de mis favoritos: `Arma Letal 6´. Lo han retirado por contener “blackface”, según leo en internet.

Me sorprende que los canceladores (eufemismo para referirse a los censores de toda la vida) no se hayan parado a pensar que precisamente lo que satiriza ese capítulo es el bochornoso racismo imperante en lo peor de lo peor de los blockbusters de los 80.

Cabe preguntarse, entonces, si al censurar una pieza con un discurso nítidamente antiracista, el cancelador se convierte en un racista involuntario cuya mirada es, en todo caso, la que debe ser cancelada. Sucede lo mismo con esa masa canceladora. ¿De verdad tenemos que cancelar cualquier cosa que no nos haga gracia (por muy incorrecta que ésta sea) o que directamente no entendemos? El puñetazo de Smith no solo nos remite a esa violencia latente en los tweets de los guardianes de la nueva sensibilidad moral, también a los matones de instituto, a los cadenazos falangistas y, por qué no decirlo, a los atentados Charlie Hebdo.

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